Los Enamorados en el Tarot
Pero, para mayor diferencia con El Papa y arcanos anteriores, el protagonista de éste es de la misma estatura que los demás, está a la misma altura que todo el grupo de abajo, es enteramente humano. Tiene igual tamaño incluso que la figura superior del naipe, el serafín, lo que denota que éste no representa, como en el caso de El Papa, una autoridad arquetípica que aconseja o guía a nadie. Estamos más bien ante un espíritu celeste que, desde arriba, acompaña a los de abajo sin que estos lleguen a percibirlo siquiera. Algo así como un ángel ele la guarda, aunque, a juzgar por el arco y las flechas con que se adorna, se trata de un querube demasiado travieso y belicoso como para poder apelarle de aquel modo
Volviendo al joven, protagonista principal de la escena, su aspecto es bien sencillo, el de alguien completamente normal, del pueblo llano. Va vestido de paisano, con un traje que, aun reuniendo colores solares y lunares a la vez y posibilitándole el acceso a ambos mundos, no denota rango social, profesional o religioso. Está descalzo, lo que indica que para su viaje por la Vida sólo cuenta consigo mismo y que, si no se procura pronto un buen calzado, la dureza del camino acabará por causarle llagas y callos hasta en el alma. Desnudas también su cabeza y sus manos, sin mapa ni bastón dónde apoyar sus pasos, se trata de un pobre joven, casi un adolescente, que no parece poseer riqueza material alguna ni la experiencia de quienes ya pasaron por su situación.
Por lo que indica el cuadro, se halla ante un gran dilema, pues las dos damas que a cada lado le flanquean (hay quien en la figura de la izquierda ve a un sacerdote), tiran de él hacia sí mismas, planteándole tomar direcciones opuestas Le atraen doblemente hacia dos senderos antagónicos y siembran en él el desconcierto, la sombra de la duda.
Ante esta inquietante situación, el inexperto joven, no cuenta con nadie que le sugiera desinteresadamente el camino más conveniente. No hay autoridad competente a quien acudir para pedir consejo. Tan sólo el ángel, semejante a Eros, el Cupido romano, apunta hacia el lugar de su posible futuro. Pero está muy arriba, por encima de todo y de todos, demasiado alto como para que el joven o sus acompañantes alcancen a verlo. Este Eros desnudo, de alas azules, que surge de un haz de rayos claroscuros, rojos, amarillos y añiles como el Sol y como la noche, es luminoso como la desnuda verdad que representa a la vez que expresa el misterio de la vida en sí m ismo. Y él es, a fin de cuentas y aunque los de abajo no lo sepan aún, quien dirigirá los pasos del enamorado hacia su destino. Porque Eros es, de hecho, el propio destino, a la par que una representación de lo divino. Es la provocación que mueve a la vida, el impulso vital, la libido, el estímulo erótico que incentiva al acto creativo, la vocación, la llamada interior.
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